Fuster llevaba una vela, la encendió. Vieron las pinturas con su luz. Estaban representados todos los oficios, hasta la ramera y el verdugo.

Después de contemplar con atención aquellas tablas pintadas, el pintor y Alvarito salieron al tejado de la catedral. El pintor llevaba un poco de pan y queso y una botella de vino para merendar.

—Lo que me atormenta —dijo Fuster— es la idea de que la pintura no tiene objeto; nadie cree que haya en ella problemas. Yo viviría a gusto en un convento, estudiando a los maestros y viendo si podía añadir algo a su obra. ¿Pero para qué? Cabrera sí tiene objeto, y Mendizábal también; pero la vida de un pintor no se comprende, es una estupidez; lo mejor sería tirarse desde aquí a la calle y acabar de una vez.

Entre frase y frase desesperada, el pintor daba un tiento a la botella.

En España todo tenía que ser así, pensó Alvarito: todo roto, desgarrado y triste.

Mientras hablaba el pintor, Alvarito contemplaba los tejados del pueblo, y la luz del sol en las torres de ladrillo. Al mismo tiempo ponía en claro las sensaciones que se experimentan en el tejado de una catedral.

Quizá Alvarito había soñado alguna vez en sentarse sobre una roca negra en el Atlántico, junto al cabo Norte; en cruzar un canal de Venecia oyendo a un gondolero cantar una barcarola; en pasar en una gabarra por uno de los canales de Rotterdam o de Hamburgo; en mirar desde una villa napolitana los pinos que se destacan en el Mediterráneo azul. Quizá soñó en cruzar el mar de los Sargazos o el cabo de Hornos en un velero, o en ver bailar a las cortesanas de la reina Pomaré, púdicamente desnudas; lo que sin duda no había soñado nunca era en merendar en el tejado de la catedral de Teruel una tarde de primavera.

VIII

CAÑETE

Desde Teruel Alvarito escribió a su tío Jerónimo, preguntándole cuándo y cómo podría ir a Cañete.