El tío le contestó diciéndole que se acercase a Salvacañete, a donde él enviaría un amigo que le acompañaría a su casa.
Alvarito se concertó con un arriero para hacer el viaje. Desde aquella parte del Bajo Aragón, la meseta hispánica se lanza con avidez a buscar el mar y el clima del Mediterráneo. A las pocas horas de salir de Teruel se está en plena huerta de aire valenciano. Alvarito pasó por Villel, el pueblo ilustrado por el nacimiento de Calomarde; cruzó el rincón de Ademuz, y dejando las tierras fértiles y templadas, por Vallanca fue a Salvacañete.
Salvacañete se encuentra en un alto, en un terreno quebrado, poblado de pinos, robles y encinas. Salvacañete era por entonces la frontera del liberalismo en la provincia de Cuenca. Unos años antes, en marzo de 1836, se batieron allí los liberales con los carlistas al mando de Forcadell, quien, después de seis horas de acción, tuvo que retirarse. Unos y otros dejaron en el campo muchísimos muertos.
A pesar de su guarnición, la mayoría de la gente de Salvacañete era carlista; los movilizados liberales de las aldeas inmediatas, reunidos en el pueblo, hacían que las fuerzas cristinas tuviesen allí un núcleo considerable. El boticario, miliciano y geólogo, era de los jefes de los movilizados. Las patrullas liberales iban cogiendo por los campos a los carlistas y curas escapados y operaban en combinación con la partida móvil del marquesado de Moya. Entre ellas prendieron al cabecilla Potaje, uno de los últimos que campeaban por allí y lo metieron en la cárcel.
Alvarito fue a parar en Salvacañete a la posada de un tío Blas, hombre que en 1836 había estado a punto de ser fusilado, y a quien le quedó del miedo un tic nervioso.
Alvarito esperó la llegada del enviado de su tío, viejo grueso y alegre, llamado por mal nombre el Lechuzo o el Chuzo. En compañía del Lechuzo, y a caballo, tomó Álvaro el camino de Cañete, por sendas y vericuetos, y llegó dos días después.
Cañete, como muchos de los pueblos españoles, no tenía más que nombre. En gran parte de nuestras cosas hay esto solo: nombre, etiqueta, a veces muy sonora; debajo, nada o casi nada. Es un fenómeno característico de todos los pueblos viejos.
Alvarito creía que iba a encontrarse con una hermosa ciudad y se halló sorprendido al ver un pueblo mísero, con casas amarillentas, derruidas, con calles como barrancos, pedregosas y sin aceras. Álvaro en su casa había oído hablar a su madre de Cañete como de una Babilonia, llena de complicaciones y de atractivos. Alvarito sintió ganas de reír, pero al mismo tiempo le dio tristeza. Pensó en la extraña ilusión de su madre, en el espejismo raro de recordar como un pueblo espléndido aquel pueblo pobre, destartalado y derruido.
Cañete, lugar de señorío de don Álvaro de Luna, con su gran castillo antiguo, propiedad de los condes de Montijo, no era más que un montón de piedras y de casuchas miserables. Un año antes lo fortificaron los carlistas, considerándolo como una de sus principales fortalezas de la Mancha. Para ello, para restaurar la antigua muralla y construir baluartes nuevos, fueron más de dos mil soldados.
En Cañete se habían reunido muchas familias carlistas de los contornos, como en Moya se hallaban acogidas la mayoría de las familias liberales de la comarca.