Cañete se hallaba rodeado de una muralla de piedra muy sólida, de diez varas de altura y más de tres de grueso, con torreones de argamasa de trecho en trecho.

Había dos entradas principales en el pueblo: la puerta de la Virgen, próxima al camino de Boniches, y la de las Eras, que daba al camino de Ademuz y al de Tragacete.

Dominando el pueblo, se destacaba el fuerte de San Cristóbal, con unos cañones ya viejos.

Entraron en Cañete Alvarito y el Lechuzo, por el camino de Ademuz, y tuvieron que sufrir un interrogatorio muy minucioso en la puerta.

El Lechuzo, al llegar a Cañete, llevó a Alvarito a casa de su tío Jerónimo. El tío Jerónimo era un tipo raro, flaco, denegrido, de unos cincuenta a sesenta años, con los ojos claros y el bigote blanco, corto. Recibió a su sobrino con cierta suspicacia, y después de invitarle a lavarse y a desayunar, le sometió a un interrogatorio.

—¿Qué tal está tu madre? —le preguntó.

—Bien, muy bien.

—¿Y tu padre?

—Bien.

—¿Está empleado?