—No.
—¿Dónde vivís ahora?
—En Bayona.
—¿En Francia?
—Sí.
—Aquello es muy pobre, aunque la gente es muy trabajadora. ¡Si allí tuvieran este sol y esta tierra!
Alvarito pensó que cualquier barrio pobre de Bayona era más rico que todo Cañete y sus contornos; pero no dijo nada. La casa de don Jerónimo era fea, vieja, encalada, sin ninguna comodidad.
Alvarito no sabía que su tío estuviese casado. Poco después conoció a su mujer, la Bruna. La Bruna era alta, corpulenta, con los ojos negros rasgados, de facciones casi griegas, la boca pequeña, cuerpo grueso, fofo y grasiento. La Bruna tenía una hija, la Dámasa, muy bonita, morena, con los ojos como de azabache, la piel de color de limón y los brazos delgados y un poco negros. Alvarito, aunque comprendía la belleza de un tipo así, no le gustaba. Con la figura de Manón grabada en el alma, para él no existía belleza, sino rubia y sonrosada.
Alvarito averiguó al momento de llegar que la Bruna había sido antes la querida de su tío.
No tuvo don Jerónimo que discutir con el amor como en el Diálogo entre el Amor y un Viejo, de Rodrigo de Cota, pues más que nada vio en su matrimonio una cuestión de vanidad.