La Bruna, de viuda estaba enredada con don Jerónimo y al mismo tiempo con un contratista. La Bruna quería casarse y dio celos a los dos amantes, al uno con el otro, y don Jerónimo se adelantó y se casó con ella.
Alvarito quedó sorprendido los días siguientes de las conversaciones y de las ideas de su tío. Sospechó si andaría mal del caletre. El pobre hombre vivía en un constante delirio de grandezas, creía que el mundo entero le envidiaba. Todo lo próximo a él le parecía extraordinario.
Hablaba de los alrededores del pueblo y de las hoces del Cabriel como de algo único, maravilloso y desconocido.
Alvarito sentía gran interés por averiguar qué habría de cierto en el tesoro de su tío, y cuando este le dijo si quería ir a ver su museo, fue con mucha curiosidad.
Don Jerónimo tenía alquilada, cerca de su casa, otra grande, medio derruida, con una azotea, y allí se dedicaba a mil extravagancias.
A esta casa la llamaba él, unas veces, su museo, y otras, su observatorio. Su azotea le parecía magnífica, extraordinaria, con unas vistas como no había otras en el mundo.
En la cerca de la azotea, don Jerónimo hizo con clavos varios relojes de sol y pintó después con pintura blanca y encarnada los signos del zodíaco. En los ángulos de la terraza sujetaba molinos de papel como los de los chicos y pretendía con ellos medir exactamente la velocidad del viento.
Tenía también unas veletas de cartón. Decía que él había inventado una veleta admirable. La novedad de la veleta de su invención consistía en que serviría para el interior de una casa, pues tendría un vástago giratorio que atravesaría el tejado y tendría otra flecha en el cuarto donde se estuviera. Así, desde la cama se podría saber si soplaba viento norte o sur.
Ahora, qué ventaja había en esto, él no lo decía.
Don Jerónimo tenía un higrómetro, formado con una palangana agujereada y una botella, y un anteojo corriente, muy malo, con el cual se veía todo envuelto en los colores del arco iris. Pretendía hacer con aquellos útiles observaciones astronómicas y meteorológicas. A este anteojo, sostenido por un trípode de cañas, le llamaba él su telescopio.