En Madrid no le chocó nada, llegando de aldeas pobres y de campos desolados todo le pareció grande, cómodo y hasta magnífico.

En la fonda se encontró con gente muy divertida, entre ella un cómico que hacía los papeles de barba en el teatro del Príncipe, un barítono italiano de ópera y un torero.

Los tres tenían gran amistad y solían ir a verse trabajar y se juzgaban unos a otros severamente.

El cómico era el más vanidoso de todos; luego, el torero, y el barítono, cosa rara en un cantante, era el más modesto.

Alvarito vio, por primera vez, una corrida en la que toreaba el compañero de la fonda; pero el espectáculo no le produjo más que desagrado. Luego, en la mesa, oyó los comentarios del actor y del barítono juzgando la faena del torero.

El barítono tenía muy buena idea del cómico.

—Es un hombre genial —le dijo a Álvaro—, pero se va a malograr. Tiene inspiración, fuego; pero no basta la inspiración, hay que estudiar, hay que trabajar y él no estudia. Bebe mucho y la voz se le va a enronquecer en seguida. Es una lástima.

Álvaro fue al teatro del Príncipe a ver al cómico.

No representaba la compañía casi nunca obras españolas; la mayoría de las veces ponían en escena traducciones de comedias y melodramas franceses, de Dumas, Scribe y de Bouchardy, arreglados, mutilados, lo que les daba un aire híbrido y falso.

En algunos momentos felices, el cómico le pareció a Alvarito que estaba inspirado; pero en general, se le veía distraído y se comprendía que no se sabía el papel, por lo mucho que miraba al apuntador. Álvaro no podía compararle con otros actores, porque no había visto ninguno de importancia; pero encontró que sus buenos momentos no compensaban del todo el descuido que tenía en el resto de la obra.