—Y te conocerá todo el mundo que vas disfrazada.

Alvarito daba la razón a la andre Mari. No le parecía bien el viaje de la muchacha, aunque pensaba que acompañar a Manón sería para él una gran delicia.

Manón, decidida, se preparó para el viaje y, sin ninguna pena, se cortó el pelo. Alvarito vio caer aquellos cabellos de oro con gran sentimiento y guardó en su cartera uno de los bucles.

Como todo el mundo consideraba a Frechón cómplice en el secuestro de Chipiteguy, y el dependiente había desaparecido, se le siguió la pista.

Un mozo de un alquilador de caballos de la calle de las Carnicerías Viejas indicó que, días antes del secuestro, Frechón tomó un coche con un caballo. Alvarito preguntó las señas del vehículo y le dijeron que era un cabriolé amarillo, que siguió la dirección de San Juan de Luz.

Alvarito y Manón salieron de Bayona y fueron a San Juan de Luz. En este pueblo pararon en casa de una señora, pariente de Manón, que vivía cerca de la iglesia. La señora les alojó muy bien y Alvarito durmió en una alcoba tapizada de rojo, con cortinas también rojas y dos grandes espejos.

Alvarito preguntó en dos o tres puntos por el cabriolé amarillo y dio con él en el patio de una posada de Ciburu, en el camino de Behotegui.

La posada, próxima a la carretera, parecía una clásica posada española, con un patio grande, como una plazoleta, y un cobertizo en el fondo, debajo del cual había carros, de los que descargaban fardos, cajas y montones de cestos.

Alvarito preguntó por el cochero del cabriolé amarillo; pero no estaba. Se había marchado, según le dijeron, a Bayona, y de allí a Pau.

Alvarito y Manón siguieron en dirección a la frontera y se detuvieron en la posada de Urruña. En el pueblo, Chipiteguy conocía a un vinatero republicano, padre de un muchacho joven. Este, a quien habló Alvarito, se encargó de seguir la pista de Frechón y de averiguar el camino seguido por él.