—¿Y tú crees en eso?

—Yo, no, ¡ca!

Ollarra, alto, fuerte, rubio, con el pelo dorado, la cara larga, los ojos claros grises y el aire serio, tenía color de hombre del Norte y expresión, sobre todo en los ojos, de hombre del Sur, cosa bastante frecuente en los vascos. Se veía en él un mozo atrevido, enérgico, despreocupado y valiente. Sonreía a veces mostrando su dentadura blanca y fuerte de mastín.

—¿Por qué no vas a ver a mi amo? —le preguntó Manón.

—¿Para qué?

—Mi amo necesita uno que le acompañe; le pagará bien.

—¿Y qué hay que hacer?

—Viajar; ir de un pueblo a otro.

—¿Nada más?

—Nada más.