—¿Dónde está tu amo?
—Ahora estará en la posada de Arotzenea o en casa de la Salomona.
—Bueno; vamos.
Ollarra se puso las alpargatas y, seguido de Chorua y en compañía de Manón, fue al barrio de Yllecueta. Entró la muchacha en la posada y se encontró a Alvarito hablando con el sargento que le acompañaba. Dijo a Álvaro cómo había encontrado un mozo capaz de servirles bien en sus trabajos de buscar a Chipiteguy. Debían ofrecerle un buen jornal, y si llegaban a libertar al abuelo, gratificarle.
—¿Cómo se llama ese mozo?
—Ollarra.
—¿Usted le conoce? —preguntó Álvaro al sargento.
—Sí; es buen chico, un poco salvaje, muy hurón —contestó el sargento—. No para en ningún lado; pero para acompañarle en un viaje le puede servir a usted.
—¿Es de aquí?
—No; aquí vino con unos gitanos, que hacían cestas; pero él no es gitano; cuando se marcharon él se quedó en el pueblo, recogido en un caserío. Luego se hizo amigo de un contrabandista, que le daba de comer.