La vieja se llevó la botella.

Se marcharon todos a sus respectivos cuartos. Alvarito pensó estar oyendo a cada momento los ladridos del perro de la posada denunciando a los ladrones, como había contado la vieja.

Al día siguiente, al levantarse Alvarito, salió de casa y se presentó al sargento Iribarren, amigo de la gente de la posada. Al preguntarle por Martín Trampa, el sargento le dijo que creía que no estaba en el pueblo.

Iribarren recordaba que Martín y Malhombre tuvieron guardado a un viejo en casa del sacristán, según decían, por liberal.

—¿Y Martín, dónde vive? —preguntó Álvaro.

—Ahí, en una plazoleta. Esta niña le enseñará a usted la casa.

—¿Tiene familia aquí?

—Sí; me figuro que estarán su madre, su mujer y su hermana.

La niña llevó a Alvarito delante de la casa de Martín Trampa, y como si tuviera miedo, antes de llegar a ella, echó a correr y desapareció. La casa de los Bertaches era grande, cuadrada, de cuatro aleros, con un escudo pintado, en donde había esculpidas una cabeza de chino y las armas de la familia Arreche: un árbol con dos osos.

Alvarito llamó, y salieron a la puerta una vieja flaca, acartonada y dura, con mantón negro y toquilla arrollada a la cabeza, y poco después, una muchacha de aire seco y suspicaz. Eran la madre y la hermana de Martín Trampa. Alvarito explicó que deseaba hablar con Martín para un asunto importante, y las dos mujeres contestaron en tono áspero que el amo no estaba en Almandoz, que había ido hacía días a Oyarzun.