—¿No saben ustedes cuándo vendrá?
—No, señor; no lo sabemos, ni nos importa tampoco —contestó la joven, y cerró la puerta.
Alvarito volvió a la posada y contó a Manón cómo había visto a la madre y a la hermana de Martín Trampa, y cómo le habían dicho que este se hallaba en Oyarzun.
—Bueno, pues vamos a Oyarzun.
Discutieron si sería mejor volver de nuevo por el mismo camino y marchar por Lesaca, o ir por Goizueta; pero como por Goizueta el camino era peor, decidieron ir a Lesaca.
Almorzaron en Almandoz, salieron de prisa en el carricoche, llegaron al anochecer a Lesaca, pararon en la posada de Gorringo, enviaron el coche a Vera con Ollarra y alquilaron tres caballerías.
Al día siguiente, con una mañana de escarcha, subieron por el monte a la ermita de San Antón; comieron allá y contemplaron una gran ferrería abandonada al pie de la enorme pared de la peña de Aya.
—¿Te gustaría vivir aquí? —preguntó Alvarito a su compañera.
—¡A mí, no; qué horror! —dijo Manón—. Es uno de los sitios más tristes que he visto.
—¡Bah! Todos los sitios son lo mismo —replicó Ollarra—. Habiendo qué comer, lo mismo da.