—¿Así te parece a ti? —preguntó Manón.
—Naturalmente. Solo a señoritas estúpidas y remilgadas se le pueden ocurrir esas tonterías.
—¡Bah! ¿Tú que sabes cómo son las señoritas?
—Ya sé que son tontas y caprichosas y que hay imbéciles que les hacen caso. No sería yo de esos.
Manón pensó que quizá Ollarra sospechaba que era mujer. No quiso decirle nada. Ollarra parecía tener mal humor y fue por el camino solo.
Cruzaron por delante de los caseríos de Arichulegui y comenzaron a bajar hacia Oyarzun.
Manón y Alvarito entretuvieron el aburrimiento del camino hablando de sus amistades de Bayona, de la tertulia de Madama Lissagaray y de la extraña situación en que se encontraban.
—Si salvas al abuelo, te voy a querer mucho, Alvarito —le dijo Manón.
Alvarito volvió la cabeza melancólicamente en señal de duda.
—¿No lo crees? —preguntó ella.