—No.

—¿Por qué no lo crees? —volvió a preguntar Manón con coquetería.

Alvarito se encogió de hombros y se puso a pensar en el carácter de aquella muchacha, que tanto lugar ocupaba en su vida.

¿Manón le quería o no le quería? Álvaro notaba que ella le iba tomando afecto; pero le faltaba conquistarla del todo. Quedaba siempre en Manón como un último baluarte irreductible, independiente y caprichoso.

Tan pronto favorable, tan pronto adversa, así la veía a Manón. Quizá ella, con respecto a Alvarito, había decidido algo: quererle o no quererle; quizá no había decidido nada, y dejaba pasar el tiempo por si alguien llegaba a interesarle más, a arrastrarle por completo, rindiendo aquel último baluarte inexpugnable, siempre decidido a no rendirse.

VIII

FRECHÓN Y MALHOMBRE

Al llegar a Oyarzun y entrar en la plaza, Alvarito se encontró con Frechón en medio de un grupo carlista. Se miraron los dos, sin manifestar que se conocían, y Alvarito siguió adelante.

Llevaba una recomendación para uno de los jefes carlistas guipuzcoanos y se presentó a él; explicó su objeto y habló de Frechón, a quien había visto en el pueblo, diciéndole qué clase de hombre era y acusándole de secuestrador de Chipiteguy.

El jefe carlista respondió que él no podía intervenir en aquella cuestión y que Alvarito anduviera con cuidado por su cuenta. Cuando el muchacho le preguntó por Martín Trampa, el jefe le respondió que creía que ya no estaba en Oyarzun, sino que había marchado a Echarri Aranaz para sus negocios de tratante.