Al volver a la posada, la posadera indicó a Álvaro y a Manón que al quedarse en la casa, llena de huéspedes, tendrían que ir a dormir al desván.

—¡Bah! Ya ha dormido uno en peores sitios —dijo Ollarra burlonamente.

—¿Sí, eh? —le preguntó Álvaro.

—¡Uf! Ya lo creo. En cuevas y en medio del campo y con lluvia. Ahora, a vosotros quizá os parezca malo el desván, sobre todo a este —y Ollarra señaló a Manón con desdén.

—Ya nos arreglaremos —contestó Álvaro.

Ollarra estaba acostumbrado a los desvanes. A Manón le hacía gracia la idea y a Alvarito no le molestaba.

Después de cenar subieron los tres por una escalera muy estrecha hasta una guardilla grande, de suelo combado y torcido. Un entrecruzamiento de pies derechos y vigas de madera sostenía el techo. Veíanse en los rincones montones de heno seco, ristras de ajos y cebollas, y en el suelo, habichuelas extendidas, puestas a secar; grandes calabazas y mazorcas de maíz. Por entre los intersticios de las tejas se advertía la claridad de la noche y algunas estrellas.

—¡Buen palacio! Para las ratas —dijo Ollarra con ironía.

Luego puso el farol que le dio la posadera encima de una caja y después cogió brazados de hierba seca, preparó una cama y le invitó a echarse en ella a Alvarito. A Manón le empezaba a mirar con sorna.

Álvaro dijo a Manón que se tendiera y ella se acurrucó en aquel nido de hierba como un gato pequeño. Ollarra apagó el farol, subió sobre un gran montón de heno y el perro tras él. Al poco tiempo, los dos dormían. Alvarito quedó sentado y despierto.