Manón se durmió pronto; al respirar se oía su aliento suave. Ollarra roncaba.
Alvarito velaba muy satisfecho por proteger a la dama de sus pensamientos. Aunque sentía sueño, no quería dormirse.
Se acordó de Don Quijote cuando velaba sus armas en la venta y pensó que él debía sentirse feliz, porque el objeto de sus cuidados no era ilusión vaga, sino una mujer tan seductora como Manón.
Iba Alvarito a dormirse cuando Chorua empezó a gruñir; se oyó crujir la escalera y poco después se vio aparecer en el desván una sombra a la luz vaga, que entraba por los intersticios de las tejas. Era Frechón, que se acercaba. Frechón abrió la tapa de una linterna sorda y se acercó hasta ellos. Alvarito se levantó en el acto.
—Aquí, en este rincón, no hay sitio para dormir —dijo—; estamos nosotros.
—¡Ah, eres tú! —exclamó el francés; y sin más dio tal puñetazo en el hombro al joven, que le derribó al suelo.
Alvarito cayó sobre la hierba, sin lastimarse. Chorua se puso a ladrar con furia a Frechón; este le pegó un puntapié y el perro comenzó a chillar de un modo lastimero. Manón se despertó y, cogiendo un palo, se acercó valientemente a Frechón.
—¡Canalla! —gritó.
Entonces Ollarra, deslizándose desde el montón de heno, furioso porque le habían pegado a su perro, murmurando y blasfemando, se acercó a Frechón y, agarrándose a él, le dio una serie de puñetazos en la cabeza y en el pecho, que sonaron como redoble de tambor. Cuando ya lo tenía en el suelo, y casi sin sentido, lo dejó.
—Váyase usted —le dijo Alvarito al francés.