—¡Socorro! ¡Socorro! —exclamó Frechón.

—¿Pero qué pasa ahí? —gritó la posadera desde abajo.

—¡Que me matan! —contestó el francés.

La posadera subió a la guardilla y Manón y Alvarito le contaron lo que había ocurrido.

—¡Hala, hala! —le dijo la mujer a Frechón—. Baje usted de aquí. Al momento.

El francés se resignó a salir de la guardilla y bajó la escalera como pudo. Luego la posadera, sin piedad, lo echó de la casa.

Al subir de nuevo a la guardilla, entre Ollarra y Álvaro cerraron la puerta con una tranca. Manón había preparado una cama de heno al lado de la suya. Alvarito se tendió y quedó sumido en un sueño profundo.

Al día siguiente, y en vista de que no daban con Chipiteguy, decidieron volver por el monte, camino de Lesaca. Hacía frío y compraron unas mantas. Estaba nevando; los montes comenzaban a aparecer blancos y en el aire gris danzaban los copos de nieve como grandes mariposas.

Al salir de Oyarzun se les acercó un hombre viejo, flaco y aguileño. Era Malhombre. No se dio a conocer.

—¿Van ustedes a Lesaca? —les preguntó con aire sonriente.