—¿Le ha visto usted en Oyarzun estos días?
—Sí; creo que tenía un negocio entre manos con un viejo y un francés.
—¿Y hacia dónde estará ese hombre?
—¿Qué hombre?
—Martín.
—Creo que ha ido a Echarri Aranaz.
Fueron los cuatro subiendo por el monte, camino de Lesaca. Malhombre les fue útil, porque conocía los mejores pasos. Al llegar cerca de Arichulegui les sorprendió una tempestad de rayos y de truenos y tuvieron que guarecerse en una borda de ganado hasta que pasara. Luego arreció la nevada.
Malhombre se comportó como persona alegre y jovial; sabía animar a todo el mundo. Ollarra rechazó varias veces sus servicios, no le necesitaba para nada.
Al llegar a la ermita de San Antón entraron en la venta próxima; comieron y se arrimaron a la lumbre, reconfortándose. Malhombre habló mucho y sonsacó a sus compañeros de viaje, con su habilidad de aldeano ladino, y averiguó quién era el principal de los tres y quién llevaba el dinero.
Al salir de la venta, ya oscurecido, Malhombre pidió un farol para ver bien por los senderos. Decidieron ir todos a pie, porque resultaba más peligroso marchar a caballo, y Ollarra fue el encargado de conducir las caballerías.