El paisaje montuoso, cubierto de nieve, con aquella luz crepuscular, era desolado y triste. Alvarito iba absorto, embebido en vagas imágenes, sin conciencia clara de que aquello fuera la realidad. Con poco más hubiese imaginado que se trataba de un sueño.
En una revuelta del camino, Malhombre, agarrando del brazo a Alvarito, susurró en tono amable e insinuante:
—Si quiere usted, atrasémonos un poco, tengo que hablar con usted; que no oigan lo que le voy a decir.
Alvarito, asombrado y sin darse cuenta clara, pensó que Malhombre tendría que comunicarle algo transcendental, algún peligro del camino, y se fue retrasando.
De pronto sintió una mano, como una tenaza que le oprimía el cuello.
—¡El dinero, o te mato!
Malhombre, con su zarpa de hierro, le apretaba el cuello, y con la otra mano le amenazaba con su rompecabezas. Alvarito, sofocado, murmuró:
—¡Déjeme usted! Espere usted. No me ahogue.
—El dinero.
—¿El dinero? Lo tengo en el bolsillo del pecho.