—¿Y qué piensa hacer Bertache?

—Por ahora esperar las instrucciones de usted. Cree él y los demás que usted les irá diciendo lo que tienen que hacer.

Aviraneta recomendó a la muchacha que se presentara al cura Echeverría o al obispo de León, para explicarles con detalles el estado de espíritu de las tropas, y como ella no se atrevía a ir sola, don Eugenio mandó en su compañía a Iturri, el posadero, en calidad de carlista fingido, que luego podría darle noticias.

El obispo, inconsolable como Calipso, porque habían prendido a su amigo y confidente fray Antonio de Casares, fraile inquieto y turbulento, no quiso hablar nada ni manifestar sus opiniones. Se entregaba a los cuidados de su querida amiga doña Jacinta Soñanes, alias la Obispa.

Respecto a Echeverría, muy farruco, dijo a Gabriela que avisara a los navarros del 5.º Batallón y a su coronel, Aguirre, su inmediata llegada al campo, pues pronto se pondría él a la cabeza de todos ellos, para acabar de una vez con el traidor Maroto.

El canónigo Echeverría profesaba a Maroto odio frenético, uno de esos odios de cura reconcentrados e implacables.

Aviraneta, al oír a Iturri, que le contó lo hablado en las visitas, se dio cuenta clara de que el eclesiástico, impulsado por el odio, provocaría la rebelión de los navarros. Al marchar a su hotel, don Eugenio comenzó a tomar las disposiciones necesarias para dar el golpe ya meditado desde febrero.

Era tal su confianza en el plan, que escribió al ministro Pita Pizarro estas palabras:

«Ha llegado el momento crítico; la mina reventará y puede usted asegurar a Su Majestad la Reina que, tal como están atados los cabos del Simancas, el estampido va a ser tremendo; los carlistas se degollarán unos a otros, y daremos fin a la rebelión».

En aquella época, y por orden venida de Madrid, Aviraneta se vio obligado a dar cuenta de sus gestiones al cónsul Gamboa, refiriéndole con detalles el estado de sus maniobras con relación al Simancas. Aviraneta explicó sus proyectos y añadió los planes que, según su criterio, podían realizarse, cómo Espartero debía cerrar la frontera para coger a don Carlos y a dónde se debía internar después al Pretendiente.