Gamboa escuchaba a Aviraneta siempre un poco asustado del maquiavelismo del conspirador.
—He de enviar de nuevo un confidente al campo carlista —concluyó diciendo don Eugenio—; pero como temo que la policía francesa sorprenda al emisario y le quite los papeles, quisiera que usted indique al subprefecto que no molesten a mi enviado.
—Muy bien; yo le prometo a usted que así lo haré.
A pesar de la promesa, Gamboa, por envidia o por celos, hizo todo lo contrario de lo prometido y, pocos días después, Roquet fue preso en San Juan de Luz por los gendarmes y registrado minuciosamente.
El cónsul no se salió con la suya. Aviraneta y Roquet habían pensado realizar aquel primer viaje como mero ensayo. Al francés le encontraron papeles sin importancia. Estos papeles los recogió la policía y se los llevaron al comisario, el comisario los envió al subprefecto, el subprefecto al cónsul y el cónsul se los presentó a Aviraneta, sin duda para demostrarle su omnipotencia.
Gamboa dijo a don Eugenio cómo él mismo había indicado a la policía la conveniencia de registrar a Roquet, sospechándole portador de cartas del obispo de León al Cuartel Real. Este subterfugio hizo sonreír al conspirador con sarcasmo, pues bien sabía Gamboa, por sus confidentes, que Roquet trabajaba por entonces al servicio de Aviraneta.
Dos días después, Gamboa, con sonrisa que quería ser amistosa y cordial, dijo a don Eugenio:
—Por ahora no conviene que figure su nombre en las comunicaciones oficiales referentes al asunto del Simancas. Más adelante diré al Gobierno quién es el autor y el director de la empresa.
Don Eugenio, con todo su orgullo puesto en sus proyectos, pensó que el cónsul pretendía anularle; dio su conformidad aparentemente, decidiendo en su fuero interno tomar otras disposiciones.
Siguió Aviraneta comunicando con Pita Pizarro por el consulado inglés, lo cual sospechaba Gamboa y le sacaba de quicio.