Saltaron la tapia, abrieron una puerta, recorrieron un pasillo y se encontraron en un cuarto, en donde el comisario de policía francés de la frontera, Nenín y Montgaillard, examinaban tranquilamente los documentos del Simancas, disponiéndose a copiarlos. Las tres personas, al ver a los chapelgorris con los sables desenvainados, a Ganisch y Aviraneta que les apuntaban con las pistolas, se entregaron sin protesta.

Aviraneta hizo registrar a los tres y se les quitaron armas y papeles.

—Nos han dado esta orden —dijo el comisario francés, excusándose.

—En España, usted no es nada —le contestó Aviraneta duramente—, y aquí no le pueden dar orden alguna.

Luego don Eugenio se sentó a la mesa y examinó los papeles del Simancas.

—Aquí falta un documento. A ver usted, señor comisario; quítese usted la chaqueta. Registraremos a todos hasta encontrar el documento.

El comisario se quitó la chaqueta. Había guardado el papel en el pecho.

—Bueno, señor comisario —le dijo Aviraneta—, usted está despachado; puede usted marcharse con sus gendarmes.

El comisario y los dos gendarmes cruzaron la huerta de la casa, desataron la barca y se fueron como perros azotados, la cola entre piernas, a la otra orilla.

—Usted, señor Nenín, y el caballero de Montgaillard, vendrán con nosotros a Irún, y allá nos explicarán sus atribuciones para registrar estos documentos y quién les había dado orden para ello...