—Hombre, Aviraneta, yo... —comenzó a decir Nenín.
—Nada, nada. Iremos a Irún.
Montgaillard permaneció callando largo rato; luego dijo:
—Señor Aviraneta.
—¿Qué hay?
—En mis papeles hay cartas de una mujer que creo que no tienen interés político ninguno. Desearía que me las devolviera.
—Se las devolveré en Irún.
De pronto, Aviraneta pensó en Orbegozo, a quien él había enviado desde la fonda al caserío con los documentos.
—¿Y Orbegozo? —preguntó—. ¿Qué han hecho ustedes de él?
—Lo hemos encerrado en un cuarto —dijo Nenín.