Efectivamente, se lo encontraron metido en un cuartucho.

Eran las nueve y media, hora de la cita con Roquet.

—¿Le habrá pasado algo a ese hombre? —se preguntó Aviraneta.

Un minuto después estaba Roquet en un carricoche a la puerta del caserío Chapartiena y tomaba el Simancas de manos de don Eugenio.

—¿Va usted seguro? —le preguntó Aviraneta.

—Sí; tengo escolta, que me espera poco después de Behovia; luego me acompañará el coronel Lanz desde Vera a Tolosa.

—Pero desde aquí hasta Behovia no tiene usted acompañamiento.

—No; pero no creo que en este camino tan corto me vaya a ocurrir nada.

—Sin embargo, haré que le acompañen a usted estos dos chapelgorris hasta pasar Behovia; de allí en adelante seguirá usted con la escolta carlista.

Montaron Roquet y los dos chapelgorris en el cochecito y se alejaron.