Hecho este puente, cruzaron todos por él. Primero pasaron el Farestac y el Capitán; después, Roque y Thompson. Les faltaba únicamente unos cincuenta pies para llegar al borde superior de la cala del Infert; pero esta subida no era difícil, porque había una buena senda. La limpiaron quitándola hierbajos resbaladizos, y cuando comenzaba a hacerse de noche salieron a lo alto del acantilado.
Ahora también la campanita del convento derramaba sus notas de cristal en la calma del crepúsculo...
El Farestac y el Capitán se acercaron al cementerio, mientras Roque y Thompson quedaban en las esquinas de la tapia mirando a hurtadillas por si llegaba alguien.
El capitán escaló la tapia del camposanto, y el Farestac le siguió. Se acercaron saltando tumbas a una puerta en arco que comunicaba con el jardín del convento. Esta puerta, pintada de verde, estaba cerrada con cerrojo y llave.
Por una rendija miraron y vieron a la superiora y a otra monja dando instrucciones al jardinero.
—Hay que limar la lengüeta de esta llave—dijo el Capitán—. Teniendo abierto esto, la fuga es fácil... Abriremos la otra puerta del cementerio que da hacia el mar, y en un minuto la novia de Urbina puede estar en el Pas de la Rabosa. Vámonos, Farestac. Por hoy ha concluído sus funciones la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas.
Salieron el Capitán y el Farestac del camposanto, y reunidos con los otros dos y el chico, comenzaron casi a tientas la bajada por la senda de la cala del Infern hasta llegar al mar.
—Añada usted a lo que necesitamos—dijo el capitán a Thompson—un par de limas buenas y una tranca.
—Está bien.