Sin duda las aguas de lluvia habían ido deshaciendo y arrancando grandes trozos de la arena y de la piedra calcárea, echándola al fondo de la cala.

El Pas de la Rabosa terminaba en la pared de la derecha, en una oquedad profunda, de donde salía otra senda a trechos con escalones que subía a la parte alta del acantilado. Esta senda se hallaba interrumpida por un desmoronamiento que dejaba unos quince pies sin paso.

Al llegar a la oquedad el Capitán se detuvo, y dirigiéndose a Thompson, exclamó:

—Amigo Thompson, ¿tiene usted buena memoria?

—No; pero tengo un lápiz y un cuaderno que la substituye mal que bien.

—Bueno. Vaya usted apuntando todo lo que necesitamos para dejar accesible la subida.

Thompson fué apuntando lo que le dijeron: garfios de hierro, varias tablas, cuerdas, etc.

Arreglaron durante la mañana la subida hasta el Pas de la Rabosa. Después comieron. Habían llevado un hornillo de hierro, donde se guisó y se hizo café. El vino lo echaban a un porrón de hoja de lata, y de allí bebieron todos a chorro.

Al comenzar la tarde hicieron una maniobra de importancia y de peligro. Ataron con la cuerda por la cintura a Pascualet; tendieron después la escalera de un lado del abismo al otro, sujetándola en una piedra lo mejor posible, e hicieron que el muchacho atado pasara y afirmara la escalera con grandes clavos por el otro lado.