El Capitán y Thompson subieron a lo alto del acantilado, saltaron la tapia del cementerio y comenzaron a serrar la lengüeta de la cerradura de la puerta que daba al jardín de las monjas. Para el amanecer habían concluído su trabajo. De miedo que la puerta chirriase al abrirla untaron sus goznes con aceite.
—La Sociedad de Raptos y de Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad prudente—dijo el Capitán—; el dinero de los asegurados puede estar tranquilo.
—¿Qué capital social tenemos?—preguntó Thompson alegremente.
—El que se robe. No nos queremos distinguir de las demás Sociedades.
La puertecilla del cementerio que daba hacia el mar estaba podrida, y de un empujón quedó abierta.
—¿Hay que hacer algo más?—preguntó Thompson.
—Nada, esperar.
Terminados estos preparativos, Thompson y el Capitán se acercaron gateando al borde de la cala del Infern y se tendieron en la hierba.
—Creo que voy a pescar un magnífico reúma—dijo el Capitán, al echarse en el suelo.
—En cambio verá usted un amanecer espléndido—replicó Thompson.