—¿Usted cree que compensa una cosa la otra?
—Hombre, según la importancia que se le dé al reúma.
—Y según la importancia que se dé a la contemplación del amanecer.
Comenzaba la hora tímida e indecisa de la mañana. Thompson, que era hombre de cierta cultura clásica, recordó los celebérrimos y conocidos dedos de rosa de la Aurora y habló de Faetonte y de Tithon.
—Ahora es la Aurora una muchacha púdica—dijo—, como una niña que va a la primera comunión. No se atreve a mirarnos, lleva la cabellera recogida y el cuerpo cubierto por su túnica blanca; dentro de poco será como una bacante rubia, que nos envolverá con sus cabellos inflamados y hará arder la tierra en rubíes y el mar en perlas y en diamantes.
—Así la quiero yo: enérgica, antirreumática.
—Destruye usted la poesía de las cosas, Capitán, con esos recuerdos de tisanas y franelas.
—Es que yo soy un hombre antipoético por excelencia.
—No lo creo así.
El Capitán se entretuvo entonces en desarrollar ante su amigo Thompson el funcionamiento de la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas, que había ideado.