—Decía, que siendo nosotros hombres de carne y hueso ¡con qué facilidad se nos convertiría en símbolos de un viejo mito!

—No veo la facilidad.

—Yo, sí. Figúrese usted los indicios que tendría el comentarista al leer nuestra historia, para creer en un mito y en un mito solar: primeramente, estamos en el solsticio del año; fíjese usted bien: ¡el solsticio del año!; segundo, vamos a robar a una dama. Esta dama, la Clavariesa, es una belleza, una gran belleza; por tanto, una encarnación de Mithras, del sol, de Venus, del amor; el convento es la noche, en que está guardada la luz; Urbina es Marte, enamorado de Venus...

—Un Marte muy tímido—dijo el Capitán.

—El sacristán del convento es Vulcano. Usted ha dicho que es cojo.

—Y lo repito.

—El Farestac es la naturaleza salvaje, que se pone a favor de los enamorados.

—¿La Sargantana?

—La fuerza del mar.

-¿Y yo?