—Usted será, probablemente, una encarnación de Mercurio, dios de los comerciantes y de los ladrones, lleno de recursos para todo.

—¡Gracias!

—Pascualet y yo seríamos espíritus auxiliares de poca importancia.

—¿Y Roque?

—Roque, la fidelidad, que en vez de vestir de blanco y llevar una llave y un perro, va vulgarmente de asistente en la vida de los fenómenos.

—No falta mas que el Rabec—dijo el Capitán.

—El Rabec es un servidor del Cerbero, del Dragó, de ese perro de aguas que nos parece insignificante y que el comentarista daría proporciones de dios infernal. Respecto a esta cala, que se encuentra a nuestros pies, unos dirían que era la caverna de Ténare, con sus fauces abiertas, por donde bajaron Hércules y Orfeo a los infiernos, según Virgilio; otros, que el antro de la serpiente Python; pero el comentarista filósofo y racionalista comprendería que esta cueva simbolizaba la humedad y la lobreguez de la tierra cuando no ha sido acariciada aún por los rayos del sol. Ahí tiene usted una pequeña trama mitológica, en donde aparecen Venus, Marte, Mercurio, Vulcano, con acompañamiento de fuerzas de mar y tierra. Vea usted, Capitán, cómo nuestros cuerpos mortales pueden tomar las apariencias de un símbolo.

—Descendamos, amigo Thompson, a las realidades de la vida—dijo el Capitán—, porque esta bacante rubia de la Aurora empieza ya a molestar un poco.

—Descendamos a la cala del Infern—repuso Thompson...