El Mediterráneo se extendía verde, cerca de la costa; más lejos, azul intenso. El viento era vivo, y las olas, al romperse, llenaban de un rebaño de corderos blancos la superficie del mar.

El Capitán y Thompson volvieron al interior de la cala y ayudaron al Farestac, a Roque y a Pascualet en el trabajo de dejar la bajada más fácil.

Urbina estaba en el colmo del asombro al verse metido en aquel rincón fantástico.

Almorzaron y comieron allá, y al caer de la tarde comenzaron los últimos preparativos. Se hizo que Urbina subiera y bajara desde lo alto del acantilado hasta el mar, para que se acostumbrara.

Urbina y el Capitán se colocaron en el cementerio. Thompson estaría en el Pas de la Rabosa con una antorcha, que encendería al ver llegar a la Clavariesa; Roque y el Farestac, en las cuestas resbaladizas, y Pascualet, al cuidado de la lancha.

A las siete menos cuarto, el Capitán y Urbina salieron de la cala gateando para que nadie les viera, y corriendo por el borde del acantilado entraron en el cementerio.

Urbina tenía un aspecto encogido y avergonzado.

—Amigo Urbina—le dijo el Capitán—, hay que adoptar una postura gallarda. La naturalidad y el encogimiento modesto no se han hecho para los héroes. Recuerde usted a Napoleón, que tomaba lecciones de prestancia de Talma.

Urbina sonrió.