Cruzaron los dos el cementerio y se acercaron a la puerta que daba al jardín de las monjas.
Miraron por una rendija.
—Se acerca ella—dijo Urbina de pronto, con el corazón palpitante.
—Háblela usted—murmuró el Capitán.
—Cuando venga.
—Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie.
—¿Estás ahí?—preguntó Urbina con voz ahogada.
—Aquí estoy.
—Pregúntele usted si no la observan.
—¿Hay alguna monja en el huerto?