—Ahora, sí. Espera un instante.
Esperaron unos minutos.
—Ya no hay nadie. ¿Abro?
—Sí.
La Clavariesa descorrió el cerrojo y empujó la puerta, cuyos viejos y enmohecidos goznes chirriaron, y la muchacha pasó al cementerio. La Clavariesa dió la mano a Urbina, que no se atrevió a besarla.
El Capitán sujetó la puerta con una tranca.
—¡Adelante!—dijo—. Ya sabe usted el camino.
La Clavariesa y Urbina salieron del cementerio. El Capitán miró por el resquicio de la puerta. No aparecía nadie en el jardín del convento.
Cerciorado de la tranquilidad que había, corrió por el cementerio, se deslizó a gatas por el talud y entró en la cala del Infern.
—La Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad prudente—dijo en voz alta—, y el dinero de los asegurados se halla en buenas manos.