—¿Estamos ya?—preguntó Thompson.
—Sí.
El inglés encendió su antorcha.
La Clavariesa, muy dueña de sí misma, comenzó a bajar la senda y cruzó el Pas de la Rabosa riendo. Urbina, con la emoción y el vértigo, vacilaba y tuvo el Capitán que sostenerle.
—¡Animo!—le dijo éste—; un momento de esfuerzo. Hay que dominar los nervios rebeldes. No vaya usted a estropearnos los dividendos de la Sociedad.
Urbina se rehizo y siguió bajando el sendero hasta el mar. Afortunadamente para él, estaba obscuro y su novia no pudo notar su turbación.
Al llegar al bote se dejó sitio a Urbina y a la Clavariesa en la popa, y los demás quedaron reunidos a proa.
—¿Qué, no salimos?—preguntó la muchacha alegremente.
—Esperamos a que sea de noche completa para que no nos vean.
Serían las nueve cuando la lancha se deslizó por la hendidura de piedra de la cala del Infern y se dirigió al islote del Farallón.