Urbina había consultado con su novia si volver a Ondara o seguir adelante, y ésta fué partidaria de seguir adelante.
Entraron todos en la Sargantana y ataron el bote a popa.
Hacía viento y las olas venían erizadas de espuma. La gran vela latina del barco se extendió en el aire y blanqueó pálidamente en la obscuridad; después se largó el foque. La Sargantana se acercó a una milla de Ondara.
Se veía en el ambiente de la noche estrellada la vaga silueta del castillo y algunas luces que brillaban aquí y allá en el pueblo.
—Bueno, Roque y yo nos vamos en la lancha—dijo Thompson.
Thompson abrazó al Capitán y a Urbina, y estrechó la mano de la Clavariesa; Roque se despidió emocionado del teniente y bajó al bote. La barca estuvo un momento inmóvil; Thompson y el soldado comenzaron a remar. Cuando volvieron la cabeza hacia atrás, la Sargantana había desaparecido...
A la hora en que la luz de la mañana comienza a filtrarse por entre las nubes; a la hora en que palidece Venus y lanza sus últimos destellos Syrio; a la hora en que las brumas se evaporan y aparece el mar azul con sus meandros de espuma, bajo la gran claridad gloriosa del sol; a la hora en que se abren las puertas del día y Faetonte galopa arrastrando el carro de la Aurora por el incendio del cielo, comenzaron a tocar a rebato las campanas de Monsant.
Algo grave ocurría a las buenas hermanas para producir tanta alarma.