Las gaviotas que hacían su primer viaje de exploración por entre las rocas quedaron sorprendidas de este campaneo insólito; las palomas que revoloteaban alrededor del convento se alejaron en son de protesta; las golondrinas y los vencejos chillaron más; el mismo islote del Farallón pareció asomar su lomo puntiagudo como un delfín sobre las aguas preguntándose la causa de este alboroto.
Poco después, desde lejos, se vió entrar en el cementerio unas siluetas negras, las de varias monjas, dirigidas por la superiora de la Comunidad. Fueron de aquí para allá mirándolo todo; luego se acercaron a la cala del Infern y huyeron de ella rápidamente, haciéndose cruces...
Y, mientrastanto, las campanas de Monsant seguían tocando a rebato desesperadamente...
EPÍLOGO
«Málaga, julio de 1827.
Señor don Eugenio de Aviraneta.—En Veracruz.
Mi querido Capitán: He recibido su carta con los informes comerciales que le pedí acerca de esa plaza. Muchas gracias por su diligencia y amabilidad. De nuestros amigos de Ondara no le puedo dar buenas noticias. El médico don Jesús, que está ahora aquí, me ha hablado de ellos.
El comandante don Santos, el que usted suponía, y con motivo, que era un agente del Angel Exterminador, preparó un lazo contra nuestra amiga Kitty y Eguaguirre, e hizo que el coronel los sorprendiera en el mirador del castillo: a él, estrechando por la cintura a Kitty; a ella, con la cabeza apoyada en el hombro del teniente. La escena debió de ser terrible; al coronel, que ya estaba predispuesto a la apoplejía, le dió un ataque, y quedó baldado y paralítico.