Todo el mundo se enteró en Ondara de lo ocurrido, y el escándalo en el pueblo fué sonado. Figúrese usted la alegría de las gentes que se creen virtuosas porque van a la iglesia, al saber la deshonra efectiva de la coronela. Kitty ha estado cuidando a su marido. ¿Y sabe usted lo que ha hecho Eguaguirre? Ha pedido el traslado y se ha marchado a Barcelona, donde anda de garito en garito. Tras de la muerte del coronel, Kitty, sola, abandonada, influída por los curas de Ondara, ha entrado en el convento de Monsant.
Este Eguaguirre, que siempre me fué odioso por su egoísmo y por su brutalidad, ha deshonrado, ha abandonado a nuestra pobre Kitty, tan ingenua, tan cariñosa, tan buena.
¿Se marchitará en la soledad, en ese suicidio lento del claustro, esta mujer tan digna de ser feliz? Yo espero que no.
Es de usted muy amigo, J. H. Thompson.»
«Ondara, diciembre de 1827.
Señor don Eugenio de Aviraneta.—En Nueva Orléans.
Querido Capitán: Le escribo a usted desde este pueblo, que tiene para mí profundos recuerdos desde la época en que fundamos la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas.
En el tiempo que he estado aquí me han contado muchas cosas, y todas tristes. Kitty me dicen que se encuentra enferma en el convento de Monsant; parece que está dando pruebas de santidad. No se la puede visitar.