Cualquiera hubiese pensado que aquel establecimiento no tenía apenas importancia; pero a medida que se penetraba en él, se iba haciendo mayor y mostrando sus grandes galerías de catacumba.
Por un lado daba el establecimiento de Israels y Piper al jardín de Lincoln's-Inn-Fields, donde se hallaba instalada la imprenta.
Los depósitos de la casa eran inmensos; los libros formaban calles y más calles, y de trecho en trecho, por encima de estas calles, había puentes de tablas y más libros encima.
A algunos pasos de la tienda había una puerta que daba a un gran patio enlosado y cubierto de cristales, y a todas horas estaban allí los empleados embalando libros en cajas, que luego se cargaban en carros, y a todas horas entraban los mozos de la imprenta, llevando montones de papel en rama en la cabeza.
De los dueños, Israels era un judío de unos sesenta años, de ojos claros, nariz cortante y perilla blanca. Tenía una amabilidad excesiva y una mirada burlona.
El señor Piper era un buen inglés, de cabeza cuadrada, con cara de perro dogo y aire malhumorado.
El empleo en casa de Israels y Piper no me sedujo. Teníamos Will Tick y yo un despacho cerca del patio, en un subterráneo muy húmedo y sombrío, donde trabajábamos constantemente; y este vivir de topo, siempre con luz artificial, en sitio negro y húmedo, me molestaba mucho.
Will Tick se las arreglaba para no trabajar, y me puso al corriente de sus mañas.
La casa de Israels y Piper tenía grandes curiosidades: se guardaban las prensas que se habían usado en la casa desde su fundación, los originales de las obras publicadas y un gran archivo con ejecutorias y manuscritos heráldicos.