Para preservar estos tesoros de las ratas había cuatro perros repulsivos y una docena de gatos feroces.

Los perros enseñaban los dientes a cuanto desconocido veían, y los gatos saltaban y bufaban como panteras. Estos animalitos eran hijos de una gata atigrada, que atacaba y arañaba al que se acercara a ella.

Este animal feroz era para Israels el genio familiar de la casa; le miraba con el mismo entusiasmo que Dick Whittington, el popular personaje, a su felino, a quien debía la fortuna y el llegar a haber sido lord mayor de Londres.

Entre los dependientes de la librería Israels y Piper, me hice amigo, además de Will Tick, de un joven, Percy Harrison, muchacho simpático, hijo de un labrador.

Percy tendría mi edad y mis aficiones, y me convenció para que fuera con él, de noche, a una academia de dibujo. Había visto los ensayos de caricaturas que yo hacía, y pensaba que podría utilizar mi pequeño talento.

Todo el tiempo que estuve en casa de Israels y Piper, un año y medio, fuí de noche a la academia de dibujo; pero noté que, a medida que copiaba de estatua, la poca gracia que tenían mis caricaturas desaparecía.

Se lo advertí a Percy, y éste reconoció que el cultivo del arte clásico no me convenía.

Percy, al mismo tiempo que se perfeccionaba en el dibujo, practicaba la litografía. Cuando creyó que dominaba este arte, proyectó comprar una prensa litográfica y útiles para el oficio, y establecerse.

Formamos una sociedad Will Tick, Percy y yo, y decidimos abandonar a Israels y Piper y lanzarnos un poco a la aventura.