—¡Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me gusta. Puen cordero, puenas truchas, puen pollo y puen vino. ¡A comerr! ¡A comerr!

Comimos como buitres y bebimos hasta quedar mareados, lo que me dió una idea bastante pobre de la sobriedad de los vascos; se habló con entusiasmo de Mina, Riego y el Empecinado; con rabia, de las correrías que hacían por Navarra Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón, y se cantó el Himno de Riego, a pesar de que el ventero y su mujer suplicaron que callásemos, porque les comprometíamos.

Salimos de las Ventas de Yanci a media noche; los de Vera se marcharon a su pueblo, y Leguía, con sus dos milicianos y yo, seguimos hasta Sumbilla.

Nos detuvimos en el parador de San Tiburcio. El sargento del vientre piriforme me dijo ingenuamente que con el paseo se le había abierto el apetito, y que iba a mandar que le hicieran unas sopas de ajo. Le miré con asombro y me fuí a acostar.

Al despertarme por la mañana supe que Leguía había partido con sus milicianos camino da Santesteban, dejándome una carta para un amigo suyo de Pamplona.

Como no tenía prisa y hacía calor, dejé la marcha hasta que cayera el sol. Estaba en el portal del parador de San Tiburcio cuando se acercó un carro grande, tirado por siete mulas.

El arriero fué soltando sus animales, llamándolos uno a uno y llevándolos a la cuadra. La Morena, la Montesina, la Capitana, la Coronela, la Bonita, el Vigilante y la Leona fueron despacio al pesebre, donde primero se les dió de beber.

El posadero me preguntó:

—¿No va usted a Pamplona?