—Sí.

—Pues si quiere usted, puede usted ir con este arriero.

—¿No hay inconveniente?...

—Ninguno.

El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre de unos treinta y cinco a cuarenta años, rubio, con unos ojos que parecían de cristal azul.

Me advirtió que si quería ir con él saldríamos a la mañana siguiente; le dije que tendría mucho gusto en marchar en su compañía, y le convidé a un vaso de vino. Quedamos de acuerdo; yo me fuí a acostar, y al amanecer me llamaron.

La mañana estaba fresca; había una niebla espesa que prometía un día de calor. Mandashay sacó sus mulas y echamos a andar camino de Almandoz.

—Cuando se canse usted puede tenderse en la galera—me dijo Mandashay.

—No, no me canso tan fácilmente.