El paisaje había cambiado en absoluto. El cielo se mostraba más azul; el campo, más seco; en los altos corrían pequeños caballos de grandes colas y triscaban las cabras y los corderos; abajo resplandecían los campos de trigo y alguno que otro viñedo.

Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro, me pareció que empezaba España; todo tomaba a mis ojos un carácter más triste y más serio: veía pueblos taciturnos, casas de paredes grises, árboles cubiertos de polvo.

Nos alejamos de la altura a medida que avanzábamos, y fuimos bajando hacia el llano. En los trigales brillaban las amapolas como gotas de sangre y los grillos nos ensordecían con sus chirridos.

Dormimos en Villaba, y al día siguiente entraba yo en Pamplona. Me despedí de Mandashay y fuí a parar a una posada de la calle de la Curia. Saqué la carta del teniente Leguía; era para un capitán de ejército llamado Iriarte. Me presenté a él, me acogió con amabilidad y me invitó a comer.

Durante la comida le hablé del mito Cox, y de cómo esperaba recoger una pequeña fortuna. En tanto, le dije, me hallaba dispuesto a trabajar en lo que se me presentase.

—Y usted, ¿qué sabe hacer?—me preguntó Iriarte.

—Sé francés y, naturalmente, inglés.

—Sí; quizá esto le pueda servir de algo.

—También tengo nociones de botánica.

—¿Botánica? No creo que haya aquí nadie que se ocupe de eso. A no ser algún herbolario.