—Pues éstos son mis conocimientos. También sé disecar animales—añadí con resignación.

—¡Hombre! Eso quizá nos sirva. Aquí hay un profesor que todos los pajarracos y alimañas que le dan los envía a Francia a disecarlos, lo que le cuesta mucho dinero.

—Voy a verle.

—Sí, iremos juntos.

Fuimos, efectivamente; hablamos con él, y yo me comprometí a restaurarle algunos animales y a disecarle de nuevo otros, por el sueldo de seis pesetas al día, mientras durara el trabajo.

Disequé para aquel señor un caimán, un águila, un cisne y varios otros bicharracos.

El capitán Iriarte me recomendó una casa de huéspedes de la plaza del Castillo y me trasladé a ella.

Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fué muy agradable. Por la mañana y por la tarde trabajaba, y al anochecer paseaba por los alrededores, y cuando no tenía tiempo de sobra iba a la Taconera.

Allí se reunían los aristócratas y los burgueses, los militares, las señoritas, los chicos y los curas, y algunos días de fiesta, por la noche, se ponían unos farolillos de papel colgados de los árboles.

Yo cultivaba mucho el mirador de la Taconera, un sitio bonito, desde donde se ven los pueblos de la cuenca de Pamplona.