Daba con prudencia la vuelta a las murallas. Conocía la Ciudadela y los baluartes: el de la Reina, el de Redín, el de Labrit, el de los Canónigos, el de Gonzaga; las cinco puertas y la poterna de la Tejería.
Tenía algunos amigos, porque el capitán Iriarte me presentó a varios de sus compañeros, militares liberales.
Por entonces, entre los militares y los milicianos de Pamplona, había gran hostilidad; los militares se manifestaban anticlericales, partidarios de la Constitución; en cambio, los milicianos eran fervientes católicos y monárquicos, y armaban trifulcas gritando: «¡Viva Dios!» No parecía sino que tenían miedo de que lo mandasen matar los liberales. Yo, como extranjero, no daba mi opinión acerca de estas cuestiones.
En la casa de huéspedes donde fuí por recomendación de Iriarte, eran todos perfectamente reaccionarios, comenzado por la dueña, doña Saturnina, señora vieja, nariguda y charlatana.
Doña Saturnina era un producto clásico de las ciudades levíticas; tenía la adoración por el aristócrata, por el cura, por el Don Juan provinciano; hablaba con ternura de los mozos calaveras alborotadores, que iban a los toros, bebían vino hasta emborracharse y hacían de cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse con aire hipócrita y santurrón al confesonario del cura que pasaba por más severo, que generalmente era el penitenciario de la catedral.
Al principio de estar en casa de doña Saturnina creí que se podría bromear con las costumbres del pueblo, e hice algunos chistes acerca de ese cartel que se pone en ciertos días en las iglesias de España: «Hoy se sacan ánimas del Purgatorio»; pero pronto vi que en Pamplona las bromas de este género tenían sus peligros.
Doña Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron y hasta me siguieron un domingo para ver si iba a misa. En vista de que no frecuentaba la iglesia, doña Saturnina me interpeló con valor:
—Dígame usted, ¿usted no es católico?—me dijo.
—No, señora—le contesté.