—¿Pues qué es usted? ¿Protestante?

—Sí; soy de una clase de secta que se llama de los agnósticos, que supone que no se sabe nada de nada.

—¿Pero usted no cree en la Virgen y en los santos?

—Los de mi secta creemos más bien en la substancia única, y practicamos el culto del nuestro señor el Yo, y de nuestra señora de la Cosa en Sí.

A esto dijo mi patrona que esta virgen sería muy importante; pero que los milagros de la Virgen del Camino eran mayores, porque se la había visto elevarse en el aire y ponerse en un madero que hay en la iglesia de San Cernín de Pamplona, a lo cual yo repliqué diciendo que bien podía la ley de la gravitación, inventada por mi paisano Newton, ser una costumbre o una rutina de la Naturaleza, y de nuestro espíritu, y que, como dijo atrevidamente Protágoras, todas las cosas son verdaderas, y que el hombre es la medida de todas las cosas, de las que existen como existentes y de las que no existen como no existentes.

Doña Saturnina me preguntó si este Protágoras era algún santo; yo la dije que si no lo era, podía haberlo sido.

Entonces, doña Saturnina me recomendó que me convirtiese al catolicismo, y yo la tranquilicé diciendo que estudiaría la cuestión.

En España y en pueblos como Pamplona todavía hay un gran atractivo en ser incrédulo. ¿Cuánto durará esto? Al paso que vamos, ya poco. Cien años; doscientos años. Nada, una miseria.

La verdad es que, con el progreso, se priva al hombre libre de los grandes encantos y emociones de ser perseguido.

¿Qué vale un incrédulo, un librepensador en un país donde todo el mundo puede serlo impunemente? Nada. En cambio, en plena persecución, ¡qué delicia! Tener el libro prohibido bien guardado, leerlo a escondidas, burlarse por dentro de todas las ceremonias y mojigangas, y escapar de las tramas de esta red con la cual el despotismo judaico-cristiano ha intentado envolver al mundo. ¡Admirable cosa!