Los incrédulos debíamos protestar de la lenidad actual, que nos priva de una de nuestras mayores satisfacciones...
V.
LOS CABALLEROS
En la casa de huéspedes de doña Saturnina conocí a varias personas, gentes pintorescas, cuya vida sabía luego por la misma patrona.
Uno de los fijos en la casa era un señor alto, moreno, de pelo blanco, vestido con traje obscuro, y que se paseaba por los arcos de la plaza del Castillo ataviado con un sombrero de copa cubierto de hule y una levita larga, y que cuando hacía fresco se ponía una esclavina azul sobre los hombros.
—¿Quién es este señor?—le pregunté a la patrona.
Doña Saturnina me dió tres o cuatro nombres de estos compuestos y largos que usan los españoles.
—¿Y este caballero no trabaja?—pregunté yo.
—No. ¡Ca!