—¿Es rico?
—Poca cosa.
—¿Es de buena familia?
—Ya lo creo. ¡Es un Pérez de Cascante! Es de los caballeros de Olite.
Este caballero tenía un amigo que le acompañaba en sus paseos, el señor Sánchez de Peralta.
Doña Saturnina me explicó la genealogía de ambos.
—Ninguno de los dos ha trabajado nunca—me decía la patrona con entusiasmo—. Son caballeros.
Me hizo gracia el equiparar la holganza con la nobleza, lo que en el fondo es muy natural y lógico.
Todos los días les veía a los dos caballeros dar vueltas y vueltas por la plaza del Castillo, con sus sombreros de copa y sus botas, que les crujían al andar. Los dos parecían mucho más jóvenes de lo que eran. Siempre he creído que el no discurrir conserva la vida; por eso dijo Juan Jacobo Rousseau, y otros lo habían dicho antes, que el hombre que piensa es un animal depravado.