Muchas veces he pensado que la felicidad está en ser un Pérez de Cascante o un Sánchez de Peralta, y en dar vueltas por los arcos de la plaza del Castillo con unas botas que crujen y una esclavina azul; pero, puesto en esta actitud espiritual, se me ha ocurrido si no sería aún más perfecto el ser una vaca, o quizá una ostra.
No he decidido yo, como creo que no lo ha decidido nadie, si es mejor la ciencia unida a la desdicha y al dolor o la estupidez mezclada a la felicidad; pero, sin decidirlo, cuando veo algún vago de estos firmes y constantes en su noble ocupación de no hacer nada, siempre pienso si será uno de los caballeros de Olite, el señor Pérez de Cascante o el hidalgo Sánchez de Peralta.
VI.
LOS ESTRATOS SOCIALES DE PAMPLONA
Como era la primera ciudad española que habitaba, quise darme cuenta clara de su contextura física y moral. Sus calles, sus plazas, los rincones de la muralla, los conocía palmo a palmo; gracias a alguna que otra amistad y a las explicaciones de doña Saturnina pude darme también una idea de la vida moral del pueblo.
Pamplona era un receptáculo de aristócratas, de leguleyos, de militares, de curas y de perros. Yo no digo que para todo el mundo esta clase de población sea antipática u odiosa, no; ahora, para mí sí lo es, excepto los perros, por los cuales siempre he tenido una debilidad de corazón.
Pamplona se mostraba como una construcción en pisos. En el alto había dos o tres familias aristocráticas, y estas familias tomaban un poco cómicamente un aire de familias reales. A pesar de que doña Saturnina quería demostrarme con todo su fuego oratorio que las dos o tres familias del primer tramo social de Pamplona eran ilustrísimas, la verdad es que no contaba de ellas nada que valiera la pena de esculpirse en bronces.
Después de estas dos o tres familias del primer tramo que miraban al vulgo de los pamploneses como diciendo: podéis vivir, os permitimos graciosamente la existencia, había otras seis o siete ya de menos tono, con algunos titulillos insignificantes y algún coche destartado, pero todavía en buen uso, en la cuadra.
Tras de este segundo tramo venía el tercero, formado por los hidalgos, estos hidalgos por los que doña Saturnina sentía gran respeto y veneración y de los cuales decía: ¡Es un Pérez de Cascante! Es un Sánchez de Peralta!