Fuera del elemento autóctono, había otros dos elementos aristocráticos: el ejército y el clero. El ejército en su alta esfera llegaba a veces al primer tramo; pero lo más corriente era que se quedase en el segundo; el brigadier y el general alternaban con el marqués o con el conde, un poco tronados, si no tenían alguna mancha de liberalismo que se lo impidiese, porque entonces no alternaban con nadie.
El Gobierno constitucional en esto había defraudado al buen pueblo, primero suprimiendo el título de virrey de Navarra, cosa que a los pamploneses sonaba agradablemente al oído, y substituyéndole por el de capitán general; después, enviando militares inficionados con el virus del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrático y absolutista, y el obispo movía todos los resortes de la mecánica pamplonesa. El obispo entraba de lleno en el primer tramo de la vida ciudadana. El deán y los canónigos distinguidos se distribuían en el segundo y en el tercero. Aristocracia, clero, ejército y clase media formaban un pequeño mundo. Pamplona, encerrada en su muralla, era para el pamplonés un microcosmos. A mí, que llevaba todavía el humo de Londres en la cabeza, me parecía que todo el pueblo vivía enmohecido, apegado a unas cuantas rutinas y a unos cuantos lugares comunes.
A veces se me ocurría pensar que no estaba mal ideado aquel sistema de categorías y de subordinaciones. Realmente, el catolicismo ha resuelto la vida a su modo, disciplinándola y encerrándola en estrechas casillas; esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes el carácter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres como el español, que viven en la estrechez y en la incuria, se crean rodeados de placeres sardanapálicos.
En parte, esta severidad es una ventaja, porque da a la vida un poco de picante.
La construcción, en tramos, de Pamplona, tenía también su parte útil.
Cierto que a mí me parecía un poco absurda y mezquina; pero no le parecía, seguramente, lo mismo al nacido en el pueblo.
La verdad es que todo el aparato enfático y teatral del aristocratismo, que pretende imponer el ánimo por su esplendor, se convierte en una mueca cómica cuando no va acompañado de la fortuna o del poder.
No es fácil encontrar nada tan imponente como esas damas inglesas, hijas de algún almacenista de cacao, de un prestamista o de un fabricante de sebo casadas con algún lord. ¡Qué orgullo! ¡Qué majestad! ¡Qué admirable desprecio por los demás mortales!
Estas alianzas del dinero con los títulos dan buenos resultados; en cambio, en los sitios donde las familias nobles no pueden abonar sus campos o sus cuarteles con dinero plebeyo, los aristócratas degeneran.
Se nota en Francia, como en España, en las ciudades de provincia, que el pequeño aristócrata, el hidalgo, el «hobereau», es mucho más feo y menos inteligente que el hombre de la clase media y del pueblo. Esto depende, seguramente, del cuidado de casarse entre gentes de la misma casta, de la endogamia, que decimos los antropólogos.