La carreta en donde habían ido a la guillotina estos Borbones debía ser como el célebre carro de Jaggernath, del Indostán, que va aplastando a todo el mundo.

Así como nosotros, que hemos nacido mil ochocientos años después de Cristo, tenemos la culpa de su muerte, según los místicos, y estamos deshonrados por la mayor o menor bellaquería que hicieron unos supuestos Adán y Eva en el paraíso, así también todos, franceses y no franceses, tenemos la responsabilidad de la muerte de Luis XVI y de su familia.

¡Qué fanatismo el de aquella gente! Seguramente hubiera sido difícil encontrar en personas de otro país un producto así de amaneramiento, de afectación y de petulancia.

Si no hubiera sido porque tenían modales de señores, se les hubiera tomado a aquellos franceses por unos brutos feroces y fanáticos que no buscaban mas que el exterminio de todo el que no pensara como ellos.

Después de conocerles, los absolutistas de Pamplona me fueron casi simpáticos.

Al menos el reaccionarismo español es más natural: es la incompresión y la brutalidad simple; el reaccionarismo francés es la incompresión adornada; el uno es una construcción de espíritus toscos, el otro es un gótico pestilente de confitería.


IX.
CONSPIRACIONES

No me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurría en Pamplona, ni estaba enterado de sus cuestiones políticas, cuando el capitán Iriarte y un francés emigrado por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me llevaron un día a una velada masónica que se daba en el billar de un café.