—Tiraré aunque sea de una carreta por comer.

Quizá el hombre había hecho su ofrecimiento con ironía; pero al ver que yo aceptaba su proposición se quedó sorprendido.

Me enteré en qué consistía el copo; me quité la levita, que dejé en una caseta de la playa, cogí una cuerda de esparto con un corcho en la punta y me puse a tirar de la sirga como los demás.

Teníamos ya las redes cerca de la playa cuando se nos acercó un vejete.

—No cogeréis más de dos pájaros—nos dijo.

El pronunciaba páharos.

—Así revientes, pájaro de mal agüero—murmuré yo.

Se sacó el copo, salieron en la red un amontonamiento de peces grandes, y de pececillos, y se presentaron en seguida varios hombres a ofrecer dinero por el pescado. Se terminó la subasta y se sacaron cincuenta reales, de los que me correspondieron a mí tres. Al parecer fué una buena pesca. Concluída la faena me lavé y me puse la levita.

—¿Dónde coméis vosotros?—le dije a uno de los muchachos compañeros míos de tirar del copo.

Cada uno me indicó un sitio distinto y me decidí a ir a un figón con uno a quien llamaban Cara e perro, que me inspiró más confianza. Comí en el muelle, en una taberna, cerca de donde sale al mar el río de la Miel, y fraternicé con Cara e perro, el Currichi, el Mojama, el Chirri, el Rondeño y otros personajes distinguidos.